11.01.2016

COCAÍNA Y OTROS 90 QUÍMICOS CON QUE SE DROGABA HITLER


HITLER Y LAS DROGAS EN EL III REICH.

El doctor Morell llegó a recetar al Führer 28 pastillas diarias y, además, en los cuatro últimos años, 800 inyecciones con noventa tipos de vitaminas, anabolizantes, cocaína o heroína.

Acaba de aparecer un libro lleno de aportaciones sobre la increíble cantidad de todo tipo de compuestos químicos que Hitler ingirió para superar temores, encajar reveses y presentar una personalidad activa y clarividente hasta que terminó sumido en un estado casi continuo de alucinación y de sueños quiméricos. Bastaba que tuviera un mal día, que necesitara especial lucidez ante una intervención militar o frescura para recibir a un personaje de su interés, para que exigiera al Dr. Morell que le pusiera a tono y el dócil médico, que por algo conservó su cargo junto al Führer durante ocho años, acudía solícito a inyectarle un “chute” de metanfetaminas, cocaína, heroína, opio o cualquiera otra droga.

A lo largo de esos años, 1937- 1945, el Führer tuvo épocas en que consumió hasta 28 estimulantes, anabolizantes, complejos vitamínicos, analgésicos o tónicos cardiacos al día... Algo de esto se sabía –ya lo habían adelantado algunos de los grandes biógrafos de Hitler, como Ian Kershaw o Joachim Fest–, pero nunca con la claridad y datos que maneja el periodista e historiador Norman Ohler en "El Gran Delirio. Hitler, Drogas y el III Reich" Crítica, Barcelona, 2016).

Ohler encontró en el archivo Federal de Alemania, de Coblenza, el dietario del doctor Theo Morell, referido al “Paciente A”, con millares de notas en “letra ilegible” o “garabatos” en los que mediante un minucioso y largo estudio pudo identificar prescripciones de noventa tipos de drogas y medicamentos que el “Paciente A”, Adolf Hitler, ingirió por vía oral o que, en más de 800 casos en los últimos cuatro años de la guerra, le inyectó personalmente.

Pero los hallazgos en torno a Hitler y su médico van más allá: este se las arregló para variar la naturaleza de esa lluvia de drogas –entre ellas, Ohler ha identificado 74 tipos de estimulantes–, de modo que ninguna creara adicción al Führer, quien, sin embargo, sufrió la adición a su doctor, que gracias a ella superó la enemistad de personajes tan relevantes dentro del nazismo como Martin Bormann, Heinrich Himmler, Joachim von Ribbentrop o Ernst Kaltenbrunner, y el ataque de los médicos de cabecera del Führer, a los que este había sustituido por el “taumaturgo” Morell. Hitler acalló a los primeros y alejó a los segundos.

“Me ha salvado la vida”. 

El 8 de noviembre de 1944 le dijo a Morell, según este reflejó en su dietario: “Estos imbéciles no se han parado a pensar en el mal que podrían haberme hecho. Me habría quedado, de repente, sin médico. Estos tipos deberían saber que usted, en los ocho años que lleva a mi lado, me ha salvado la vida varias veces. (...) No soy un desagradecido, querido doctor, y si los dos salimos felizmente de esta guerra, verá lo generosa que será mi recompensa”.

Ese agradecimiento se ampliaba al aspecto sexual: Morell trató tanto a Adolf Hitler como a Eva Braun (la “Paciente B”, en el dietario) con testosterona, estrógenos y vitaminas para aumentar el deseo y la potencia sexual del Führer y ampliar la disponibilidad de Eva acortando sus menstruaciones. En los interrogatorios de posguerra, Morell desmintió la famosa impotencia del Führer y aseguró que, a veces, tuvo que curarle algunas heridas cutáneas derivadas de la fogosidad de su amante.

La recompensa fue estratosférica: a Morell se le permitió vender cientos de millones de dosis de un “medicamento milagroso”, el Multivultin, que simplemente era un complejo vitamínico A, D, E y C, aderezado con levadura, leche en polvo y azúcar. Y mucho más: el doctor organizó en la ocupada Checoslovaquia un inmenso complejo químico que procesaba las vísceras que le suministraban todos los mataderos de Ucrania, con los que se elaboraban drogas, esteroides, testosterona, estrógenos y complejos nutritivos, mientras la ocupación lo permitió. En 1943 y 1944, los transportes de Morell –vagones y camiones refrigerados– tuvieron prioridad sobre las necesidades militares y ¡ay de quien interrumpiera ese tráfico! Inmediatamente se las veía con las iras hitlerianas, pues Morell aseguraba al Führer que estaba en peligro el suministro de sus medicamentos.

Panacea universal: el Pervitin.

No es la única aportación de esta obra. Alemania se convirtió en el paraíso de la química a finales del siglo XIX y, pese a su derrota en la I Guerra Mundial, siguió siéndolo después. Perdió relevancia dentro de la industria pesada, pero sus laboratorios químicos y farmacéuticos se hallaban entre los más importantes del mundo en los años veinte y treinta, con firmas tan relevantes como Bayer, Merck, Höchst, Basf o Temmler y consorcios gigantescos como la IG Farben. La química farmacéutica alemana estaba a la cabeza mundial de los analgésicos (aspirina, cafeaspirina), de las sulfamidas, de los tratamientos contra la sífilis y de varios tipos de vitaminas, y, también, de la elaboración de drogas como la morfina y la cocaína, con el 40 y el 80 por ciento, respectivamente, de las producciones mundiales. Asi mismo, para suplir las materias primas de las que carecía, su industria química creó sucedáneos para el café, el té, el azúcar, el petróleo o el caucho...

Por ello, no sorprende que cuando el laboratorio Temmler de Berlín lanzó en 1937 el Pervitin –un producto inventado por su director químico, Fritz Hauschild, para potenciar el rendimiento–, no se desataran las sospechas de que esta metanfetamina –clandestinamente hoy sigue comercializándose con el nombre de Crystal meth– era una potente droga con perniciosos efectos secundarios. La campaña que promocionó el Pervitin, al estilo de la que Coca-Cola hizo en los Estados Unidos, aseguraba que vencía al sueño, el cansancio, el hambre, la sed, la depresión, el miedo y la frigidez femenina e incrementaba la autoestima, y que su ingesta integraría socialmente a vagos, indolentes y abúlicos. Incluso se recomendaba para combatir la adicción al alcohol, los opiáceos y la cocaína.

Persecución nazi.

Este último aspecto era muy relevante, pues Alemania, con Berlín como epicentro, se había convertido en los años veinte y treinta en el paraíso de las drogas. En la última época de la República de Weimar, el 40 por ciento de los médicos berlineses eran morfinómanos y recetaban sin rubor morfina y heroína, que se expendían en las farmacias como si fuesen bicarbonato, burlando las restricciones gubernamentales impuestas en 1929. Alfred Döblin, en su obra "Berlin Alexanderplatz", publicada en 1929 (en castellano hay varias traducciones, la última de Cátedra, 2011), refleja el vicio y el desenfreno reinantes en el Berlín de la época, y Ohler lo corrobora con datos. Había centenares de lugares donde se consumía droga, desde los miserables fumaderos de opio a las deslumbrantes fiestas de la alta sociedad, que el escritor Gervasio Posadas describe en "El Mentalista de Hitler" (Barcelona, Conspicua,2016), la historia de Erik Jan Hanussen. El asunto era tan público y notorio que lo reflejaba una canción popular en los cabarets berlineses, conocida como “Esnifamos y nos chutamos”. Su primera estrofa decía:

"Antes, por momentos, el alcohol,
Ese néctar despiadado,
A un placer caníbal nos llevó,
Pero ahora sale caro.
Por eso en Berlín nos pirra
La cocaína y la morfina".

La fiesta declinó en 1933, cuando Hitler accedió a la Cancillería. Se incrementó la persecución de los estupefacientes, acusando a los traficantes de corruptores extranjeros y judíos intoxicadores, y convirtiendo a los drogadictos en sospechosos de semitismo, pues “el judío era drogadicto por naturaleza”. Además, se incrementaron los castigos: los médicos podían ser inhabilitados durante cinco años y los consumidores, encarcelados por dos. Los nazis también fomentaron la delación y realizaron campañas brutales de desintoxicación, incluyendo los campos de concentración, e incluso penalizaron el consumo con la prohibición matrimonial, argumentando la protección del cónyuge y de la prole, llegando a la esterilización forzosa “por motivos de higiene racial”. Y aún serían más duras las leyes de 1939, que podían llegar a la eliminación del drogadicto.

Respecto a esta persecución –que, más tímidamente, también apuntaba al consumo de tabaco y alcohol– debe añadirse que el nazismo mantuvo una arbitrariedad absoluta. Los jerarcas se permitieron comerciar con bebidas alcohólicas, como el propio ministro de Exteriores, Von Ribbentrop, comerciante de champán, o ser adictos a la morfina, como el viceführer Hermann Göring, llamado burlonamente Möring, o beber como cosacos, como era habitual entre los miembros de las SA. Al respecto, cabe recordar que gran parte de los primeros discursos de Hitler los pronunció en las cervecerías de Múnich, y que en una de ellas, la Bürgerbräukeller, intentó conquistar el poder en 1923. Allí se celebraron los mítines conmemorativos del Führer, y allí se produjo el atentado de Georg Elser, en 1939, que estuvo a punto de costarle la vida.

Pero la pervitina y sus múltiples virtudes estaban fuera de toda duda, y su rápida y masiva producción –cerca de un millón de pastillas cada día– estaba en la línea de la política antidroga, de la mejora del rendimiento físico y mental y de la elevación del entusiasmo, casando todo ello con la consigna nazi: “¡Despierta Alemania!”. De este modo se convirtió en un producto que millones de alemanes consumió sin saber lo que realmente era y sin conocer sus efectos secundarios.

“Militarmente valiosa”. 

Y la fama de aquellas pastillas alcanzó al ejército. El jefe del departamento de Fisiología de la Defensa definió el Pervitin como “una sustancia muy valiosa militarmente”, y aunque los tests experimentales no fueron convincentes, recomendó su uso en el ejército. Diversas opiniones contrarias impidieron que se oficializara su empleo, pero Norman Ohler ha hallado documentos probatorios de que los diversos departamentos militares adquirieron cerca de cien millones de dosis –se ignora si se refiere a pastillas o a tubos de 30 comprimidos–, pero debieron ser muchas más, pues la documentación es muy incompleta. El consumo era aleatorio, dependiendo de los jefes y de la voluntad del soldado, pero su uso debió ser muy superior a las adquisiciones militares, pues los soldados pedían a su casa que les enviaran pervitina cuando no podían obtenerla en los botiquines castrenses.

Se sabe que el Pervitin fue utilizado por los pilotos y las tripulaciones de los panzer, que con él superaron el sueño y el cansancio de jornadas agotadoras en las que fue determinante su movilidad. La “guerra relámpago” debió mucho a esta droga, cuyos resultados fueron reconocidos militarmente como excelentes, hasta que se advirtieron los efectos secundarios de su uso prolongado.

El empleo de drogas estimulantes no fue privativo de las tropas del III Reich, sino que las utilizaron todos los contendientes durante el conflicto, pero con efectos menos espectaculares que la victoria fulminante de la Wehrmacht en Francia, cuyas divisiones panzer aparecían como fantasmas tras las líneas aliadas gracias al esfuerzo de tripulaciones capaces de combatir durante varios días casi sin interrupción.

En la URSS, el Pervitin resultó menos determinante, pues el esfuerzo requerido era de muchas semanas consecutivas, con lo cual se hacían evidentes los efectos secundarios: adicción, agotamiento prolongado, estupefacción, ansiedad, trastornos cerebrales, alucinaciones y conductas agresivas.

La Kriegsmarine utilizó grandes dosis de pervitina en 1945 con adolescentes que tripulaban minisubmarinos destinados a sembrar el caos en los puertos británicos. Se ignora cuántos fueron lanzados a aquella loca aventura, pero no se les conoce éxito alguno. Los pocos supervivientes recordaban que la excitación y las alucinaciones les impedían, incluso, fijar el rumbo.

ERRORES Y DROGAS. 

Aquel fue uno de los postreros delirios de Hitler, a cuya drogadicción quizá se deban muchas de sus paranoias, crueldades, violencias e insensateces político-militares, como ya sospechaban sus biógrafos desde hace décadas y como la investigación de Ohler demuestra.

Una de las primeras decisiones disparatadas del Führer fue la orden impuesta por Hitler a los panzer de Kleist, el 24 de mayo, de detenerse cuando avanzaban hacia Dunkerque. Aquel error, que permitió la evacuación de 338.000 soldados aliados, base de un nuevo ejército británico, ha sido estudiado desde varios puntos de vista: Hitler quiso dar un descanso a sus unidades acorazadas, necesitadas de sueño y repuesto; según otros, quiso ahorrar a Gran Bretaña aquella humillación, pensando en que abriría las puertas a un posterior acuerdo de paz; un tercer análisis cree que Göring, que visitó a Hitler en esas fechas, le convenció para que parase los tanques y permitiera que la gloria de la victoria se la adjudicara la joven Luftwaffe, necesitada, por otro lado, de un adiestramiento en ese tipo de situaciones.

Ohler ha investigado que, aunque todos esos argumentos pudieron tener cierto peso, el disparate de Dunkerque se produjo sobre todo porque Hitler no entendía nada de aquella vertigino- sa guerra y le asaltaban mil temores; a ratos estaba eufórico, a ratos asustado y, en todo momento, resentido contra aquellos generales que se estaban llevando toda la gloria mientras él los seguía como un sonámbulo. Morell tuvo poco que hacer aquellos días, aparte de calmar sus nervios, y el resto lo hizo la morfina que antes de ver al Führer se inyectó Göring: la aviación nacionalsocialista arrebataría la gloria a los generales prusianos...

Las euforias victoriosas fueron dando paso a los berrinches y depresiones causados por las derrotas en la URSS. Mientras el ministro de Armamento, Speer, habla de “trastorno sensorial con el que todas las personas del entorno más próximo a Hitler aguardaban el inevitable final”, el médico Morell le inyectaba un chute tras otro, por lo que a punto estuvo de acabarse la provisión de jeringuillas, y tuvo que hacer un pedido urgente a Berlín. En esas condiciones cometió, quizá, su mayor locura militar: declarar la guerra a los EE UU. El jefe del Estado Mayor, Halder, lamentaría la situación: “Se está actuando imperiosamente al dictado de quimeras”.

Ante la derrota de Stalingrado, Morell anota que el Führer estaba en pésimas condiciones: “Flatulencias, halitosis, malestar”. Las dosis de drogas aumentan. Después del revés de Kursk, en julio de 1943, Morell comienza a suministrarle Eukodal, un opiáceo más potente que la morfina, tratamiento que incluso duplica ante la entrevista de Hitler con Mussolini, en la que habló casi tres horas seguidas, respondiendo a las muchas peticiones del Duce con una consigna: “Italia debe luchar”.

Tras el atentado que tuvo lugar en la Guarida del Lobo, en el verano de 1944, comenzó a administrarle X, una droga no definida, aunque es posible que fuera Eukodal. Poco después, Hitler empezó a tomar cocaína, que pedía continuamente, a pesar de las objeciones médicas. “No, mi querido doctor, usted continúe. Esta mañana he vuelto a tener la cabeza como un bombo. (...) La preocupación por el futuro y la supervivencia de Alemania me corroe cada día más”. Y así, hasta el final.

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LAS CLAVES

PERVITIN. Creada en 1937 en un laboratorio de Berlín, esta metanfetamina se empleó para aumentar la agresividad y la resistencia de la tropa durante el combate.

MORFINA. La industria química alemana producía el 40 por ciento a escala mundial antes de la guerra.

COCAÍNA. Desde el verano de 1944, Hitler exigía cada vez más dosis: “Mi querido doctor, usted continúe”.

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UN ADICTO LLAMADO HEINRICH BÖLL

El escritor Heinrich Böll fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1972, a los cincuenta y cinco años, por obras como "El Tren Llegó Puntual", "Billar a las Nueve y Media" u Opiniones de Un Payaso". Quizá para entonces ya no consumiera anfetaminas, pero lo había hecho durante muchos años, sobre todo durante la guerra, cuando fue soldado raso de la Wehrmacht.

En una de sus cartas, desde Francia, Böll pide a sus padres que le manden metanfetaminas: “Por favor, la próxima vez no os olvidéis de enviarme pervitina, a ser posible en un sobre. Que lo pague padre de su apuesta perdida”.

El consumo de pervitina entre la tropa debía ser habitual –aparte de las dosis que suministraba el mando– porque el soldado Böll no tenía recato alguno en pedirlo a su casa continuamente. En otra carta decía: “Me conformo con que la semana que viene pase tan rápido como la última. Pero, si podéis, enviadme más pervitina, que me va muy bien para pasar las numerosas guardias; y también algo de tocino para freír patatas”. Y en otra posterior: “Estoy agotadísimo y ya quiero acabar. Enviadme cuando podáis algo de pervitina y cigarrillos”. (N. Ohler, El Gran Delirio, parte II, pags 59 y siguientes)

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UN CAMELLO EN EL FRENTE FRANCÉS

A partir de la llegada de las tropas acorazadas de Von Kleist a Abbeville, 20 de mayo de 1940, comenzó la segunda parte de la ofensiva alemana: ocupar Francia. El Dr. Otto Ranke, jefe del departamento de Fisiología de Defensa del III Reich, que pese a sus dudas había recomendado el empleo militar del Pervitin, quiso cerciorarse de los resultados y se presentó en Francia el 6 de junio, recorriendo en unos días 4.000 kilómetros siguiendo a las vanguardias panzer, sobre todo a aquellas que más metanfetaminas habían recibido, y confesando en su diario que avanzaba rápidamente, sin apenas comer ni cansancio, lo cual denotaba que él mismo se estaba tomando sus dosis.

El 14 de junio anota: “Reunión con el teniente coronel Kretschmar. (...) Bien informado (sobre el Pervitin). Él mismo toma dos pastillas cada dos días aprox., lo encuentra fabuloso, después se siente en forma y descansado, rendimiento intelectual sin disminución...”.

El 16 escribe: “... Llega a las 10 horas mi coche. (...) ¡Hurra! ¡40.000 pervitinas en el maletero! Salida a las 11 hacia el 14º Cuerpo de Ejército...”. Días después alcanza el puesto de mando de Guderian, ante quien se han rendido las tropas francesas de la Línea Maginot, cogidas por su retaguardia. Un sanitario, que había seguido al general tres días a lo largo de 500 kilómetros, le informa que durante las interminables misiones los conductores de los tanques habían consumido de dos a cinco tabletas de pervitina al día.

Texto de David Solar en "La Aventura de La Historia", Madrid, año 19, n.217, noviembre 2016. pp. 24-29. Adaptación y ilustración para publicación en ese sitio por Leopoldo Costa.

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