En el siglo XVII, las coffee houses inglesas se habían convertido en foros de debate político, y las conmociones revolucionarias del siglo XVIII exportaron este papel de los cafés al continente
Los cafés habían proliferado en la capital inglesa desde que en 1652 abrió el primero Pasqua Rosee, el criado armenio de un comerciante inglés que se había aficionado al café mientras viajaba por el Mediterráneo oriental. Su éxito fue inmediato en la puritana época de Oliver Cromwell, entonces dirigente dela única República que ha conocido Inglaterra.Frente al vino y la cerveza, el café garantizaba un valor grato a los puritanos: la sobriedad,a la vez que su carácter estimulante aseguraba la lucidez y la capacidad de trabajo durante una larga jornada,algo que complacía desde escritores hasta mercaderes.
Cuando la monarquía fue restaurada con Carlos II en 1660, ya había en Londres 63 cafés en los que se opinaba sobre todo tipo de cuestiones, política incluida. De hecho, sir William Coventry, uno de los fieles del monarca, recordaba que bajo Cromwell los partidarios de Carlos se reunían en los cafés, y que «los amigos del rey habían gozado de una mayor libertad de expresión en esos lugares de la que se habrían atrevido a ejercer en cualquier otro». Si en 1675, el soberano intentó prohibir las coffee houses fue porque era consciente del papel que desempeñaban como foros de discusión y crítica de la actuación del gobierno.
Pero el intento del rey por suprimir los cafés levantó tal oleada de indignación que el gobierno tuvo que ceder, y se autorizó a mantenerlos abiertos otros seis meses si sus propietarios pagaban 500 libras y realizaban un juramento de lealtad. Sin embargo, estas imposiciones fueron unánimemente ignoradas y los cafés siguieron abiertos.
Cafés de Londres
Si los ingleses se habían irritado tanto por la prohibición era porque los cafés se habían convertido en parte de la vida diaria de la nueva Inglaterra liberal y burguesa, señora de un próspero imperio mercantil. En los cafés se reunían los hombres de negocios, y con el tiempo algunos establecimientos alumbraron importantes instituciones económicas, como el Lloyd’s, donde nació la aseguradora de este nombre. Otros cafés atraían a poetas y literatos, de la misma manera que los científicos de la Royal Society proseguían sus debates en estos locales. No era extraño que se llamara a las coffee houses «universidades de a penique», porque por el precio de una taza de café cualquiera podía asistir a aquellas charlas e incluso participar en ellas.
Los cafés londinenses disponían de largas mesas de madera donde el dueño dejaba velas, pipas y periódicos, lo que convertía estos locales en lugares idóneos para las discusiones colectivas, una vocación reforzada por el carácter democrático de tales establecimientos: como observó el poeta Samuel Butler, allí se mezclaban «el caballero, el artesano, el lord y el bribón». Los partidos políticos aprovecharon este movimiento de gente e ideas, y muy pronto los whigs (liberales) y los tories (conservadores) divulgaron sus posiciones desde los cafés.
Mesas para la revolución
A mediados del siglo XVIII, los cafés de París también eran lugares de encuentro de intelectuales y se habían convertido en refugio del pensamiento ilustrado. Diderot compiló la Enciclopedia en el Café de la Régence, y entre los clientes del Procope figuraban el propio Diderot, D’Alembert y Rousseau. Sin embargo, los cafés parisinos tenían un carácter menos combativo que los de Londres, en especial porque en Francia la prensa y la opinión eran objeto de una férrea censura. La información se suplió con una amplia difusión de rumores que la policía anotaba diligentemente: «Jean-Louis Le Clerc hizo los siguientes comentarios en el Café Procope: que nunca había existido un rey peor; que la corte y los ministros hacen que el rey cometa actos vergonzosos, que repugnan en grado sumo a su pueblo», decía un informe de 1749.
Pero en julio de 1789, el choque entre los diputados de los Estados Generales y la Corona subió bruscamente la temperatura política de los cafés, tan abarrotados que la gente se agolpaba ante sus puertas y ventanas para escuchar a los oradores que clamaban contra el gobierno subidos a sillas y mesas. La tensión estalló el día 12, cuando el diputado Camille Desmoulins se subió a una mesa del Café de Foy y arengó a la multitud: «¡A las armas!»; dos días después, el pueblo tomaba la Bastilla. Y el café había pasado a formar parte de la cultura política europea.
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LOS CAFÉS ALTERAN LA PAZ DEL REINO
El 29 de diciembre de 1675, el rey Carlos II de Inglaterra emitió una Proclama para la supresión de los cafés. En ella se ponía de manifiesto con toda claridad por qué la Corona consideraba nocivos esos locales: «Han producido efectos muy malignos y peligrosos [...] pues en dichos establecimientos [...] se traman y difunden diversas noticias falsas, maliciosas y escandalosas para la difamación del gobierno de Su Majestad y la alteración de la paz y la tranquilidad del reino», por todo lo cual «Su Majestad ha considerado justo y necesario que se clausuren y supriman los citados cafés».
Texto de Josep Maria Casals en "Historia National Geographic",Edición en español, n. 155, noviembre 2016, pp.26-27 . Adaptación y ilustración para publicación en ese sitio por Leopoldo Costa.

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